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Punto de partida: el vaivén y la trinchera

23 de enero de 2012


Cogió su viejo sombrero, su pañuelo rojo de marinero italiano y se encaminó algo nervioso dirección al muelle. Hacía un sol espléndido; el día parecía perfecto para navegar y matar así las horas muertas de aquel domingo insulso. Allí estaba, la última de las encalladas en el puerto deportivo, su canoa recién estrenada (la adquirió hacía muy poquito tiempo, de oferta, en unos grandes almacenes) que relucía aún más entre las demás embarcaciones bajo el sol intenso.

Agarró el timón con fuerza y comenzó a navegar. Entusiasmado, miraba maravillado a su alrededor; a su paso por aquellas aguas se divisaba un paisaje precioso y sin igual: un río de aguas de azul cristalino que desembocaba en el Atlántico, todo rodeado de una majestuosa arboleda de verdes intensos salpicados de amarillentos y tierras.

Río Odiel

De repente, el cielo se enmarañó de nubes oscuras que anunciaban tormenta y las ráfagas de viento se tornaron duras y crueles. Casi en un suspiro llegaron las lluvias y nuestro navegante quedó totalmente empapado, quien quedó absorto e incrédulo a lo que sus ojos estaban presenciando en ese momento de oleaje y temporal. Era una imagen casi onírica, la belleza de esa ruta fluvial que tantas y tantas veces había realizado con su padre en la barcaza familiar, había cambiado radicalmente: pese a que conservaba su encanto, esas aguas celestes y transparentes cambiaron a un tono ciertamente peculiar, entre rojizos y violáceos, “un río sangre” -pensó-, orillado eso sí por una vegetación algo extraña y agreste que no acertaba a reconocer, parecían de otro planeta, y más cuando divisó distintas oberturas que alternaban de forma irregular en la tierra, una especie de cráteres de diferentes formas y colores. “Esto debe ser magia,... -se decía para sí, sorprendido, con los ojos como platos- sí, debe ser obra de alguno de esos personajes mágicos que me leía mi abuela y que tanto me gustaban, tal vez una sirena, un mago, un duende o más bien un hada madrina que ha tocado con su varita plateada estos lares para darme algo de emoción a mi vida rutinaria,…”.

Amarró su embarcación en una de las orillas y se dispuso a descubrir aquel nuevo paisaje fantástico que, sin saber muy bien por qué, tenía delante. Observaba maravillado aquellos matorrales con formas alocadas, las florecillas delicadas y suaves que afloraban al pie de frondosos árboles, los animalillos de pelaje arco-iris que jugando correteaban a su paso. Como si por un momento lo hubiera poseído la curiosa Alicia de Lewis Carrol, se decidió a seguir a una de estas extrañas criaturas que se alejaba saltando hacia lo desconocido. De pronto, ese pequeño ser aumentó la velocidad; no quería perderlo así que aligeró el paso persiguiéndolo, intentando no perderlo de vista, tanto que tropezó con una pequeña roca y cayó en uno de esos cráteres que antes divisó desde su flamante canoa.

 
Río Tinto

Aquel agujero estaba muy oscuro. Sintió miedo. Pidió incesantemente auxilio, a viva voz, pero sus gritos eran inútiles. Aquel paraje lunar, cuasi marciano, parecía estar deshabitado de humanos, sin más existencia que esa naturaleza rara que lo había despistado en su inusitada expedición. A tientas, intentaba escalar por aquella superficie rugosa de las paredes del oscuro cráter. Pero cuando apenas encontraba un minúsculo abultamiento al que agarrarse para subir, todo se volvía resbaloso, casi barro acuoso, y caía de nuevo al subsuelo convertido en su punto de partida. Sacando fuerzas de donde creía ya no quedaban ni cenizas, mantuvo esa especie de batalla en solitario en aquella trinchera varios días, aunque ya casi había perdido la noción del tiempo y, hasta del espacio.

Cuando notó que sus piernas eran más temblorosas por momentos y sentía su mente extremadamente agotada, se recostó abatido sobre ese subsuelo casi helado. Miró desesperado hacia la boca del cráter, sintiendo que estaba perdido, que no le quedaba más que esperar a morir en esa negra abertura. No podía más, se sentía atrapado, casi asfixiado en aquel lugar inmundo. Pensaba que había caído en una de esas trampas furtivas y le asustaba pensar quién o qué podría ser su cazador, cuánto tiempo permanecería ahí, qué sería de él si nadie lo rescataba nunca,…

Cerró lentamente los ojos y durmió profundamente, exhausto por su lucha.

CONTINUARÁ...

Gracias por las fotos a José Manuel Fernández López "Pipo" y a José Manuel Salgado Fernández "Pumby".

1 comentarios :

Carmen Alcázar dijo...

Es maravillosamente inquietante este viaje entre dos mundos orillados al cauce de dos ríos en honor a este blog. A la espera ya impaciente del siguiente capítulo,...¿qué nos deparará la historia?