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Y amanece en el vaivén del subsuelo

8 de febrero de 2012

El capítulo anterior...

La primera noche resultó bastante gélida en aquel agujero lleno de incomodidades y desvelos que acabaron con el tic-tac de su viejo reloj de pulsera, herencia de su abuelo paterno, que hizo despertar al navegante. Pese a que los tenues rayos de luz que llegaban al subsuelo le anunciaban un precioso amanecer, no dejaba de dar vueltas en su mente al sueño horrible e inquietante que había tenido en la noche oscura: aquel lugar era una especie de anfiteatro en el que el graderío estaba formado por paredes resbaladizas y policromadas, de tonalidades cambiantes según la hora del día. Más en el fondo, desde el peldaño en el que se encontraba podía ver un pequeño lago con aguas del mismo color rojizo que el río en el que navegó con su barcaza apenas unas horas antes. De pronto, escuchó un fuerte estruendo, como un barreno, que produjo que el líquido sangre fuera cubriendo poco a poco aquel cráter; el nivel subía por momentos y él, dormido, pudo incluso sentir cierta sensación de ahogamiento, de estar con el agua al cuello.

Corta Atalaya

De repente, y aún pensativo por lo soñado, observo como caía desde lo alto de la abertura envueltas en una nube de polvo piedrecillas  de diferente color con un aroma especial, un delicado perfume desconocido hasta entonces. Desde el fondo de ese sorprendente y misterioso lugar,  algo encandilado por la claridad, miró hacia arriba y la vio: una extraña criatura apareció de pronto al borde del cráter que apenas podía distinguir por lo hondo en que se encontraba. Sin embargo, si pudo discernir una delicada silueta difuminada  por un halo azul blanquecino que la rodeaba; sí, era una hermosa mujer, con un aspecto muy especial, muy peculiar, única,... Creyó entonces ver una princesa allí en lo alto de su castillo construido con  aquellas estructuras férreas, geométricamente duras que formaban parte del paraje insólito que había recorrido, salpicado de esos  gigantes castilletes que se asomaban a las montañas rojas, amarillentas y grisáceas.

Malacate de Peña de Hierro

Su corazón latía sobresaltado; esperaba como agua de mayo escuchar su voz y que le ayudara de alguna manera a salir de esa oquedad en la que estaba sumido por su curiosidad, por la tempestad o simplemente por el más puro azar de su destino. Sea como fuere, la batalla por salir no había hecho más que comenzar, pero eso sí, esta vez no lucharía solo.

El que parecía ser el trayecto más largo y duro de su vida, acababa de escribir sus primeras líneas,…

CONTINUARÁ...

Gracias por las fotos a Antonio Romero López y a José Manuel Salgado Fernández "Pumby".

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