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La gente que conocí...

2 de marzo de 2012

EMILIO SANTOS RODRÍGUEZ

Paco Gomera
Emilio siempre fue del Betis. Se le notaba mucho porque, entre otras cosas, alardeaba de ello sin pudor. Ser del Betis en aquella época no era cuestión baladí. Yo mismo que no he sido nunca muy futbolero gastaba bastante tiempo en explicar -a veces con desgana, otras con agotamiento y siempre con alguna sonrisa- que mi vieja bufanda blanquiverde no era producto de mi militancia bética. Cosas. En cualquier caso, siempre me gustaron Del Sol, Cardeñosa, Coradino y Gordillo.
 
En su época de esbeltez hacía verdaderas cabriolas con el balón y muchos alumnos -alguno terminó jugando en el Riotinto- lo miraban con admiración, no exenta de asombro, cuando vestido de calle elevaba la pelota con elegancia y lo remataba con un habilidoso regate o con una filigrana futbolera.
 
Afable y siempre cariñoso. Recuerdo que cuando se saludaba con sus antiguos amigos de la Compañía, como Julián Pascual “El Boleón”, lo hacía con una suerte de gestos llenos de complicidad que terminaban en fuertes risas y en sabrosos recuerdos de épocas pasadas repletos de anécdotas y afectos.

Los musulmanes repudian la representación física y concreta de la divinidad y de la santidad porque estiman que lo perfecto no puede ser mostrado de modo imperfecto como puede ser, por ejemplo, una pintura o una escultura. Esa es una de las razones por la que los mahometanos, en general, rechacen las imágenes de sus santos y de su dios y sean, sin embargo, amantes de la caligrafía y de las matemáticas por cuanto, sostienen, son expresiones de lo divino. Si observamos las frases caligrafiadas del Corán en libros y edificios sacros o civiles, comprobamos que son de una armonía y belleza incomparable. Asimismo, la belleza suprema también tiene una escritura matemática y, en verdad, que muchos teoremas matemáticos resaltan por su armonía y serenidad interna. Como dice Robert P. Crease en su libro “El prisma y el péndulo” en un teorema o en un buen experimento confluyen la profundidad, la eficacia y el carácter definitivo: los tres elementos básicos de la belleza.
 
Emilio Santos Rodríguez era un buen maestro, un maestro bueno, que amaba las matemáticas y tenía una escritura primorosa. Su entusiasmo por la aritmética, geometría y, sobre todo, el álgebra y la trigonometría lo traducía en expresiones y en acciones repletas de conocimiento, emoción y habilidad didáctica. Su caligrafía inglesa era elegante, inusual y con una personalidad diferente que lo identificaba. Su espléndida rareza era tal que muchos queríamos poseer su texto caligrafiado por encima de cualquier otro que fuese mecanografiado o de cualquier otro tipo. Viendo sus trabajos era como una vuelta a los artesanos de la pluma donde la belleza de la forma rivaliza con el propio contenido. Su esmerado trazo dibujaba una letra clara, viva, en la que ponía su mejor empeño e ilusión, la cual dejaba un surco enlazado de bucles parlantes de la mejor habla. Su generosidad era tal que se prestaba, consciente de su excepcionalidad, a caligrafiar con paciencia de escriba y arte de cenobita aquellos escritos impresos que consideraba de especial relevancia e interés. Algunos guardo con cariño, por cierto.
 
A lo mejor su amor por la caligrafía y las matemáticas lo hicieron creyente.
 
Francisco Gomera López.

Francisco Gomera y Emilio Santos (q.e.p.d.)

Gracias por la foto a Andrés Zapatero González y por la gestión a José Marcos Ruiz.

1 comentarios :

Anónimo dijo...

Mi recuerdo y cariño para Emilio, persona extraordinaria. Hoy su hija Cristina trabaja junto a mí y en muchas ocasiones lo recordamos. Se fue prematuramente este magnifico hombre, no obstante aquí ha dejado su huella.
Un beso Emilio allá dónde estés.

Rafael Perea