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...A Pamplona hemos de ir...

22 de julio de 2015

Uno de los encierros de San Fermín

Llegaron los meses más calurosos del año, y en su localidad natal del Sur de España el calor se hacía insoportable, llegando a alcanzar el mercurio los 40º C. Así pues, decidió emprender un viaje rumbo al paraíso, ese en el que el termostato marcase al menos una decena de grados menos. Cogió su roída maleta, la llenó de ropa al azar y la introdujo en el vehículo. Tras despedirse de la familia se colocó al volante de su Peugeot 307 aprovechando unos días de vacaciones en el trabajo.

Se puso en camino dirección al Norte del país. Sin destino definido. Lo que en un principio pretendía, era visitar por sorpresa a sus primos cántabros. Le apetecía reencontrarse con la zona después de tantos años sin pisarla. Pero mientras conducía al compás de Joaquín Sabina, se le vino a la mente que justo esa semana comenzaban los Sanfermines, y ni corto ni perezoso cambió de rumbo hacia la capital de Navarra para vivir en directo lo que desde muy pequeñito había seguido a través de la pequeña pantalla.

Arribó a Pamplona tras varias paradas y una larga noche, el 7 de julio, el día que comenzaban los encierros. Pero su cuerpo no daba para mucho debido al cansancio acumulado tras los muchos kilómetros recorridos, de modo que se fue directamente a descansar a una pensión que le recomendaron los lugareños.

El segundo día de la Feria del Toro se levantó muy temprano para realizar al completo el trayecto que harían los toros un par de horas más tarde e ir conociendo el terreno por donde intentaría correr si el cuerpo se lo permitía. Mientras caminaba desde los Corrales de Santo Domingo hasta la Plaza de Toros se encontró con algunos jóvenes pasados de copas.

El tercero ya más descansado que en anteriores jornadas se dirigió a la Cuesta de Santo Domingo para pedir al Santo su protección con el típico cántico que se realiza a falta de 5, 3 y 1 minuto antes de la salida de los astados y que dice: “A San Fermín pedimos por ser nuestro patrón nos guíe en el encierro dándonos su bendición", repitiéndose la estrofa en euskera y finalizando con "¡Viva San Fermín! ¡Gora San Fermín!”. Tras la petición al Patrón se colocó detrás de una valla para ver las carreras, y es que el miedo a que las piernas no le respondieran pudieron con él.

Ya en el ecuador de los festejos, se decidió a dar el paso de ponerse delante de los astados y correr unos metros delante de ellos. Durante su estancia en la ciudad había hecho amistad con corredores expertos que le enseñaron algunos consejos para realizar una buena carrera. El lugar escogido fue la Calle de La Estafeta. Los minutos previos al inicio hizo un buen calentamiento, pero cuando escuchó el chupinazo de salida de la manada su cuerpo comenzó a temblar. Poco a poco se fueron acercando los de la ganadería de Jandilla al lugar donde se encontraba y entonces vio un hueco que le permitió meterse en la carrera delante de un toro colorado y astifino que había cogido unos metros de ventaja sobre el grupo Pero la mala suerte se cebó con el novato, y el toro escapado le demostró lo distinto que resulta ver las carreras por televisión a correrlas en vivo. Se ensañó con todas sus fuerzas contra el principiante corredor dejándolo al borde de la muerte… Los intentos de la Cruz Roja por salvar su vida dieron sus frutos, pero no evitaron que su cuerpo destrozado por las cornadas de asta de toro terminara en el Complejo Hospitalario de Navarra.

Lógicamente, los Sanfermines de ese año tocaron a su fin para él, pero dentro de la gravedad tuvo un momento de lucidez para prometerse a sí mismo que el año siguiente volvería…

Carlos Javier Pascual Rodríguez.

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